El interiorismo llega demasiado tarde a la estrategia de muchos edificios de oficinas

Durante mucho tiempo, el interiorismo ha ocupado una posición casi final, o directamente final, en el desarrollo de un edificio de oficinas. Primero se definía el activo, después se resolvían la arquitectura, las instalaciones, la eficiencia, la distribución o la comercialización y, posteriormente, entraba el diseño interior para terminar de dar forma a los espacios.

Ese orden ya está obsoleto. La transformación de las formas de trabajar, la consolidación de modelos híbridos y el aumento de las expectativas de los usuarios están obligando a propietarios y operadores a revisar qué hace realmente competitivo a un edificio. La ubicación, la eficiencia técnica, la accesibilidad o las certificaciones siguen siendo fundamentales, pero ya no bastan por sí solas.

Hoy un edificio compite según la experiencia que es capaz de ofrecer, y esa experiencia comienza mucho antes de llegar al puesto de trabajo: en el acceso, aparcamiento, vestíbulo, servicios, zonas comunes …, y en la forma en que cada espacio responde a las necesidades de quienes lo utilizan. Por eso resulta difícil seguir considerando el interiorismo como una intervención que comienza cuando las principales decisiones del proyecto ya están tomadas.

El interiorismo del siglo XXI se sitúa precisamente en ese punto de encuentro entre estrategia inmobiliaria y experiencia de usuario. Si el propietario busca ocupación, rentabilidad, diferenciación, durabilidad de la inversión y capacidad de adaptación del activo, el usuario demanda bienestar, funcionalidad, flexibilidad, identidad y una experiencia que aporte razones para acudir a la oficina. Ambas perspectivas están cada vez más conectadas porque un edificio que funciona para sus usuarios seguro que también es un activo más atractivo para el mercado.

El inmueble actual debe ser capaz de adaptarse a diferentes formas de uso, evolucionar con sus ocupantes y ofrecer una experiencia coherente con los valores tanto de usuarios como de propietarios. El activo de oficinas que lo consigue parte con ventaja frente a otros edificios similares en ubicación y prestaciones.

El diseño interior debe contribuir a generar una experiencia reconocible para el ocupante. Y esa experiencia adquiere cada vez mayor importancia en un mercado en el que muchos edificios pueden ofrecer atributos técnicos similares. La diferencia no está únicamente en lo que el inmueble tiene, sino también en cómo se ha planificado, se utiliza, percibe y qué experiencia genera.

Esta reflexión resulta especialmente relevante en los procesos de rehabilitación y reposicionamiento. Mejorar un activo no tiene por qué implicar necesariamente una transformación integral. Intervenciones bien planteadas en accesos, vestíbulos, plantas piloto, terrazas, espacios compartidos o servicios pueden modificar significativamente la percepción del inmueble y adaptarlo a nuevas expectativas.

Antes de decidir dónde intervenir conviene responder algunas preguntas: ¿qué tipo de ocupante queremos atraer?, ¿qué experiencia queremos ofrecer?, ¿qué elementos están limitando actualmente la percepción del edificio?, ¿dónde puede una intervención generar mayor impacto? El diseño debería ser consecuencia de estas respuestas.

Quienes hemos tenido la oportunidad de observar durante décadas la evolución de los espacios de trabajo hemos visto cómo el interiorismo ha pasado a entenderse como una cuestión más vinculada a la estrategia del activo y a la de las empresas inquilinas.

Después de 60 años de actividad en Moinsa, una de las conclusiones que podemos extraer es que los mejores resultados se producen cuando el diseño no tiene que adaptarse a decisiones ya cerradas, sino que participa desde fases tempranas junto a arquitectura, ingeniería, operación, sostenibilidad y comercialización.

Trabajar de esta manera permite plantear soluciones más coherentes, creativas, anticipar necesidades, optimizar inversiones y reducir intervenciones posteriores que podrían haberse resuelto desde el inicio. No se trata de considerar el interiorismo como el eje alrededor del cual debe girar todo el proyecto. Se trata de incorporarlo, desde el principio, a la reflexión sobre el conjunto de variables que determinan la competitividad y la capacidad de adaptación del activo.

Diseñar pensando exclusivamente en las necesidades presentes puede generar espacios que pierdan vigencia demasiado pronto. Diseñar teniendo en cuenta su posible evolución permite prolongar su utilidad y responder mejor tanto a las necesidades del ocupante como a los objetivos del propietario.

El futuro de las oficinas se decidirá, en buena medida, por su capacidad para responder a necesidades cambiantes y generar valor para propietarios y usuarios. Los edificios deben ser cada vez más flexibles, adaptables y coherentes con las nuevas formas de trabajar. Tendrán que ofrecer razones para ser utilizados y, al mismo tiempo, ser capaces de mantener su atractivo a lo largo del tiempo.

El reto ya no consiste únicamente en diseñar mejores espacios de trabajo. Consiste en incorporar la experiencia de esos espacios a la propia estrategia de valor del edificio. Y para hacerlo, el interiorismo tiene que empezar mucho antes.

Elisabeth Ametlló López de Abechu
Responsable del Sector Oficinas en Moinsa